Capítulo 1
SOFIA
Estoy de pie frente a la casa, comprobando la dirección una y otra vez. Es innecesario. Todo el mundo conoce este lugar. A primera vista, la casa no parece distinta de las demás de la calle, pero basta con mirarla unos segundos para sentir que hay algo extraño en ella. Imponente. Amenazante. Un poco más fría. Es imposible no pensar en lo que hay al otro lado de esa puerta. En este preciso instante, ellos están dentro, esperando, tan cerca que el corazón se me acelera con solo asumirlo.
Por lo que he averiguado, la casa tiene cuatro plantas en total, contando el sótano, y la última probablemente da al parque. La ubicación es perfecta para estudiantes, muy codiciada, a menos de un kilómetro de la universidad. No sorprende que el grupo más poderoso de Forsyth la haya convertido en su residencia.
Después de comprobar la dirección por última vez, subo los escalones de la entrada y me acerco a la puerta. El llamador de bronce es una calavera enorme y pesada, con letras griegas grabadas en la frente. Lambda Delta Zeta, o los Lores, es una fraternidad exclusiva con más de un siglo de historia y lleva dominando la Universidad de Forsyth prácticamente el mismo tiempo. No hay duda de que estoy en el lugar correcto.
Echo un último vistazo por encima del hombro, abro la puerta de golpe y entro. Otras tres chicas ya esperan en el salón de la entrada, una sala de visitas formal. Imagino que todas están aquí para competir por el mismo puesto. El estómago se me revuelve de ansiedad mientras miro a mi alrededor, casi esperando que uno de los chicos aparezca por alguna puerta.
Le dedico una sonrisa tensa a la chica más cercana y me siento en uno de los sillones. Da igual cuánto tiempo lleve preparándome para estar aquí, bajo el mismo techo que ellos. Sigo sintiendo que estoy metiendo un cuchillo en un enchufe y esperando la descarga.
Intento no compararme con las otras candidatas, pero es difícil. Por el pelo, la ropa y la belleza, resulta evidente que aquí esperan un tipo de chica muy concreto, y eso no me sorprende en absoluto. Sé de inmediato que no encajo en el molde. Las miradas casi compasivas que me lanzan dejan claro que ellas también se han dado cuenta.
Ahórratelo, pienso con amargura. No estoy aquí para ser el caniche de exposición de un grupo de chicos de fraternidad. Ni siquiera habría venido si tuviera otra opción, pero las situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.
Y así es exactamente como estoy.
Desesperada.
¿Si no, por qué volvería con estos tres hombres que ya me han hecho daño, humillado y traspasado mis límites? La situación tiene que estar muy jodida para que acuda precisamente a ellos, para ponerme otra vez a sus pies, solo que esta vez por voluntad propia. El estómago vuelve a retorcérseme. Ya he afrontado la realidad y aceptado lo que tengo que hacer. Eso no lo hace más fácil.
Nunca le conté a nadie lo que Caio y sus amigos me hicieron, algo que tiene una ironía horrible. Al final, cerré mi cuenta de sugar baby de todos modos. Todo lo que soporté aquella noche no sirvió para nada. Pasé una semana sin salir de mi habitación, fingiendo estar enferma, sumida en una depresión profunda. Que los tres supieran lo de la cuenta me perturbaba casi tanto como lo ocurrido en el lavadero. Así que borré todo rastro de mi vida en internet.
El Plan murió allí. No lograría salir de aquella casa sola, sin ayuda. Tras una semana escondida en mi habitación y borrando mi pasado, le supliqué a mi madre que me dejara intentar entrar en un internado. Ella y Daniel discutieron durante días, hasta que por fin llegó la respuesta: él pagaría mis estudios en un internado femenino al otro lado del país. No era lo ideal. Mi plan siempre había sido huir. Estar sola. Ser libre. Pero, a veces, hay que aceptar ciertas concesiones.
Recogí mis cosas y no volví a mirar atrás.
El primer año lejos de allí lo dediqué a poner mi vida en orden. Me concentré en los estudios, me apunté a actividades y grupos, intenté acostumbrarme a la idea de una vida normal y segura. Incluso empezó a funcionar.
Hasta que llegó la primera carta de Ted.
Había sido uno de los primeros sugar daddies con los que hablé. Al principio, las cartas aterraban por el simple hecho de que me hubiera encontrado al otro lado del país. La paranoia contaminó cada rincón de mi nueva vida. Pero, comparadas con lo que vino después, las cartas no eran casi nada.
Los regalos. Los mensajes en mis redes personales. Los correos. Las fotos. Los vídeos. Todo se volvió cada vez más amenazante, posesivo, resentido ante mi falta de respuesta. Incluso cuando por fin conseguí lo que quería, cuando escapé de todo de verdad, volvió a encontrarme.
Fue esa última escalada la que me trajo de vuelta aquí, a esta casa horrible, a estas personas terribles y sin corazón.
El taconeo sobre el suelo de mármol resuena por el pasillo y aparece otra chica desde el fondo de la casa. Lleva el pelo rubio recogido en una coleta impecable y un vestido azul intenso ceñido a la cintura por un cinturón. Los zapatos hacen juego, con tacones finos y puntiagudos. Parece arreglada, pero tiene las mejillas encendidas y se frota algo en la falda con un pañuelo.
—El hijo de puta se ha corrido en mi vestido —anuncia al salón—. ¡Esto es seda!
Si alguien se escandaliza, no lo demuestra. Yo siento asco, pero ninguna sorpresa. Hay pocas cosas que no esperaría de esos tipos. Ya lo han demostrado de sobra.
Un hombre joven, de expresión seria, aparece en el pasillo y llama con voz algo temblorosa:
—¿Bridget Walker?
La morena sentada a mi lado se levanta y se alisa la falda. Parece segura de sí misma, pero noto una leve vacilación en sus pasos. Hace bien en estar nerviosa. Está entrando en una puta guarida de leones, un corderito precioso que va directo al matadero.
La puerta se cierra al final del pasillo. Me quedo mirando las uñas, preguntándome por millonésima vez si estoy haciendo lo correcto. Entonces recuerdo que esto no tiene nada que ver con lo correcto o lo incorrecto.
Tiene que ver con sobrevivir.
—Bueno... —empieza la pelirroja sentada frente a mí. Levanto la vista y veo que habla con la otra chica del salón. Tiene curvas, la piel morena y suave, y una cadena con una elegante D en cursiva que descansa entre sus pechos—. Una amiga mía hizo la entrevista ayer.
—¿Ah, sí? ¿Algún consejo? —pregunta D, como si no estuviéramos compitiendo todas por el mismo puesto.
—Los tres son guapísimos y están buenísimos. Intimidan. Pero eso ya lo sabes. Basta con verlos por el campus. Aunque dice que uno hasta parece agradable. Dulce, encantador, siempre sonriendo.
Theo Mercer. Reconocería esa descripción en cualquier parte. La gente se cree su actuación con tanta facilidad, aunque bajo la fachada sea puro veneno.
—Luego está el callado, el de los piercings. Está bueno de cojones, pero es demasiado intenso. No dejó de mirarla en toda la entrevista y le dio un miedo tremendo.
Davi Rathbone. Rath.
—Y luego está el psicópata.
—¿Qué? —D frunce el ceño.
—Caio. Killer. Está ridículamente bueno, de esos que te derriten las bragas. Tiene una beca completa por el fútbol americano, pero... no sé. Mi amiga dice que hay algo que no va bien con él. No parece solo un imbécil. Parece peligroso de verdad.
D lo considera durante unos segundos.
—Lo peligroso puede ser sexy.
—Lo sé —responde la pelirroja, echándose el pelo hacia atrás—. Pero con él es otro nivel. Dice que lo controla todo, todo el tiempo. Cuando se la chupó, tardó tanto que a ella se le quedaron las rodillas en carne viva y la mandíbula agarrotada antes de que él terminara.
Y ese sería Caio Payne. Mi hermanastro. No tienen ni idea del problema que es en realidad.
D se limita a poner los ojos en blanco.
—Eso no es nada. El mes pasado hice la prueba para ser Condesa y no os imagináis lo que me hicieron hacer.
La pelirroja alza una mano y niega con la cabeza.
—No, lo sé. Obviamente, en cualquier casa hacen que la chica pase por el infierno...
—Menos los Príncipes —interrumpo, intentando no encogerme cuando las dos me miran. He hecho los deberes. Sé todo sobre las fraternidades rivales y sus chicas.
La pelirroja suelta una risita por la nariz.
—Los Príncipes ni cuentan. Son unos putos blandos. —Pese a sus palabras, veo cómo sus ojos se apartan un instante, cargados de resentimiento. Apuesto a que intentó ser Princesa—. Pero los Lores lo llevan a otro nivel. No es solo control. Es todo. Qué te pones, cuándo comes, dónde duermes. Controlan tu vida entera. Son tus dueños.
—Y, a cambio, te conviertes en la chica más poderosa de la universidad. Nadie puede tocarte. Bueno... —D se ríe—. Nadie salvo ellos. ¿Intentas asustarme? Porque sé dónde me estoy metiendo. Lo he investigado todo.
—Yo también —responde la pelirroja—. Ser la Dama es el puesto social más alto al que puede aspirar una chica en Forsyth. Haría lo que fuera por conseguirlo.
Entonces me mira. Por fin comprendo que toda esa conversación estaba preparada expresamente para asustarme.
—¿Y tú, cariño? ¿Estás dispuesta a hacer lo que haga falta para ser su Dama?
Al final del pasillo se abre la puerta y reaparece Bridget, la morena. Da dos pasos tambaleantes antes de recuperar el equilibrio. Tiene los ojos enrojecidos, la blusa arrugada, la falda torcida y el pintalabios convertido en una mancha oscura que le cruza la boca. Nos mira a las tres.
—Putos cerdos.
Y sale de la casa dando pisotones.
Cuando volvemos a quedarnos solas, miro a la pelirroja y a D y les devuelvo una sonrisa dulce.
—Claro que estoy dispuesta a hacer lo que haga falta.
Sé exactamente qué aspecto tengo a su lado. Todas llevan tacones, faldas ajustadas, escotes de los que casi se les salen los pechos, el pelo impecable y los labios pintados en varios tonos de rojo brillante. Parecen listas. Preparadas. Ansiosas.
Yo, en cambio, llevo un vestido sencillo y bailarinas, con el pelo recogido en una coleta pulcra. Un poco de base, un poco de colorete y nada más. A su lado debo de parecer una chica mona e inocente que no sabe lo que está aceptando. Alguien fácil de asustar. Alguien a quien habría que perseguir. Alguien que diría que no.
—Mejor aún —añado, apartando la mirada—. Sé exactamente lo que hace falta.
—Marina McBeth...
Tardo un instante en darme cuenta de que el hombre me habla a mí, aunque soy la única persona que queda en el salón. Las otras dos también han entrado y salido, ambas con esa expresión medio anestesiada. He dado un nombre falso. No podía avisarlos de que venía a la entrevista.
—Soy yo —digo, levantándome.
Me indica que lo siga por el pasillo y se detiene ante dos puertas de madera cerradas. Inspiro hondo, preparándome. El hombre me dedica una última mirada casi compasiva antes de girar el pomo.
Ni siquiera se dan cuenta cuando cruza la puerta. Los tres están demasiado ocupados consigo mismos para fijarse en quién acaba de entrar. Me asomo por detrás del hombre y por fin me enfrento a los tipos que casi acabaron conmigo. Han pasado más de tres años desde la última vez que vi a cualquiera de ellos.
Todos parecen un poco mayores.
Rath tiene una libreta de cuero en el regazo y garabatea algo. Lleva auriculares inalámbricos. La mandíbula está más marcada de lo que recordaba, acentuada por una barba oscura de varios días. Ahora un piercing en la nariz acompaña a los dos del labio inferior. Lleva el pelo algo más largo, revuelto alrededor de las orejas, y su cuerpo ocupa prácticamente todo el sofá de cuero.
Sigue teniendo la misma presencia que recuerdo del instituto, como si la luz se curvara a su alrededor y dejara su aura un tono más oscuro que el resto de la habitación.
Theo está sentado frente a él, y el tiempo también ha sido generoso. Los pómulos parecen más afilados; el pelo sigue peinado a la perfección, de un rubio muy claro. Ahora tiene rostro de hombre. Labios carnosos, pestañas largas y oscuras que contrastan con el cabello. Desliza el dedo por la pantalla del móvil, sonriendo ante algo. Casi parece simpático.
Casi.
Si no fuera por la marca roja de una mano estampada en su cara.
La pelirroja o D deben de haberle dado una bofetada. Por dentro, me impresiono. Las dos parecían dispuestas a todo. Es bueno saber que incluso las mayores admiradoras de estos tipos, de estos Lores, todavía tienen algún límite.
Mi mirada pasa al tercer hombre de la sala.
Caio. Mi hermanastro.
Casi no lo reconozco. Tiene la mirada baja, fija en el suelo, y la mandíbula se mueve con irritación impaciente. Está más grande, quizá unos quince centímetros más alto, más ancho de hombros y de pecho. La camisa parece hecha a medida, lo bastante ajustada para resaltar los músculos de sus brazos y su torso. Bajo ella, la piel se ha convertido en un lienzo de tinta. Tiene los brazos completamente cubiertos de tatuajes. Ninguno destaca tanto como las letras KILL repartidas por los nudillos.
Si el chico que conocí ya parecía fuerte e intimidante, ni siquiera sé cómo describir al hombre que tengo delante.
Caio parece un gánster.
Cuando sus ojos por fin encuentran los míos, siento que el corazón intenta reventarme el pecho. Puede que el cuerpo haya cambiado, pero esa cara y esos ojos...
Los reconocería en cualquier parte.
Llevo años viéndolos en mis pesadillas. Siempre observando. Siempre cerniéndose sobre mí.
Aun así, no puedo ignorar lo mucho que se parece a su padre. Esa versión más dura, más marcada y más adulta de Caio sigue casi inexpresiva. Incluso cuando me reconoce, incluso cuando algo le destella en los ojos, su rostro no cambia.
—Ha llegado la última candidata —anuncia el hombre—. ¿Necesitáis algo más?
—Cierra la puerta —es todo lo que dice Caio, sin apartar los ojos de mí.
El asistente retrocede y me deja pasar. Entro en la sala y siento las tres miradas caer sobre mí a la vez. Ahora es mi estómago el que parece querer escapar de mi cuerpo. Se me eriza cada pelo y, por un segundo, creo que voy a salir corriendo.
He pasado la última semana ensayando lo que diría, pero ahora, frente a ellos, las palabras se me atascan en la garganta como una piedra. La forma en que los tres me miran, inmóviles y en silencio, me hace pensar si sienten algo parecido. Quizá no estén acostumbrados a ver que una víctima del pasado vuelva a entrar por la puerta. Quizá esperen que la basura se quede donde la tiraron.
Theo es el primero en recuperarse.
—Vaya, vaya, vaya. Si es Cerecita —alarga las palabras, dejando que mi apodo le resbale de la lengua como miel.
Se recuesta y abre los brazos sobre el respaldo del sofá. Su mirada se detiene en mi boca.
—Esta sí que no me la esperaba.
Rath se quita los auriculares despacio, uno a uno, mientras me evalúa con sus ojos oscuros. Salvo por la línea tensa de los labios, su cara no revela nada. Aun así, esa mirada fría basta para hacerme estremecer.
Con los dos mirándome, siento como si volviera a estar en el lavadero. Ellos son los depredadores. Yo soy la presa. Aprieto los puños para que las manos no me tiemblen con la fuerza del recuerdo: el miedo, la humillación, la impotencia de haber sido tratada como un juguete barato.
No.
No voy a temblar ni a encogerme ante ellos.
Ya no soy aquella chica.
Theo levanta la barbilla hacia mí.
—No dijiste que tu hermanita estaba en la ciudad, Killer.
Caio sigue mirándome, pero ahora su expresión se ha convertido en un ceño duro, con el labio curvado de desprecio. Me observa como si acabara de rasparme de la suela de su zapato.
—No es mi hermana.
—Tampoco es tan pequeña ya —comenta Theo, dejando que sus ojos recorran mi cuerpo antes de volver a mi boca.
El recuerdo de lo que me obligó a hacer aquella noche me atraviesa de golpe. La cara me arde y su sonrisa se ensancha al notarlo.
—Mírate. Toda una mujer.
Tiene razón. He madurado. Física y emocionalmente. Un año de internado, unos meses viviendo en la calle y más de un año trabajando, viviendo y sobreviviendo por mi cuenta hacen eso con una persona.
Ya resulta evidente que los tres siguen siendo exactamente los mismos de aquella noche.
Aquí no hay remordimiento.
—¿Qué haces aquí, Sofia? —pregunta Caio, con una voz profunda y áspera—. Lo último que supe fue que habías dejado el internado y desaparecido quién sabe dónde. ¿Y ahora apareces en mi puerta? Si has venido a ajustar cuentas, llegas tarde. Si antes ya éramos intocables, ahora somos prácticamente teflón. Deberías haberte quedado cerca si querías intentar algo.
Enderezo los hombros y levanto la barbilla.
—He venido a la entrevista. Me presento para ser vuestra Dama.
El silencio se alarga. Ninguno parpadea mientras asimilan mis palabras.
—Te presentas para ser nuestra Dama —repite Caio, con voz dura y sin emoción.
Se inclina hacia delante y apoya los codos tatuados en las rodillas.
—¿Tienes la más mínima idea de lo que implica ese puto puesto?
Sin vacilar, respondo:
—Atender las necesidades de los Lores que viven en la casa.
Es una respuesta un poco cobarde. Ellos son los únicos Lores que viven aquí.
—Quizá me falle la memoria —dice Rath, ladeando la cabeza—, pero la última vez que hablamos no parecías muy dispuesta a servir a nadie.
—Al menos no por voluntad propia —añade Theo con esa sonrisa torcida y cortante—. Aunque eso no me molestó demasiado.
—Como vosotros mismos habéis dicho, he cambiado —respondo, endureciendo la voz como una piedra.
—¿Mi padre sabe que estás aquí? —pregunta Caio, entrelazando los dedos con fuerza.
—Desde junio. Él me ayudó a entrar en Forsyth.
El odio en los ojos de Caio se oscurece un tono.
—Pero prefiero hacerlo sola. Pensé que un trabajo que incluyera alojamiento y comida sería la mejor opción.
—Esto no consiste en limpiar baños y cocinarnos, ¿lo entiendes? —Theo abandona la sonrisa burlona y adopta un tono condescendiente—. Ya tenemos ama de llaves, cariño.
Asiento una vez.
—Sí. Lo sé.
—Entonces dime, Cerecita. ¿Qué significa ser nuestra Dama? —pregunta, con la curva perversa de vuelta en los labios.
—Significa que vosotros mandáis.
—¿En qué?
—En todo.
Trago saliva, plenamente consciente de lo que estoy a punto de decir. Lo que ellos no saben es por qué estoy tan dispuesta a decirlo.
Theo me observa. Conserva esa tranquilidad encantadora, esa postura sexy y desarmante. Mirarlo es peor que mirar a los otros porque incluso para mí, incluso después de lo que me hizo, resulta fácil creer su actuación. Dejarse mecer. Convencerse de que no es tan malo como los demás.
Hasta que ataca.
—Hay un contrato —dice, ensombreciendo los ojos—. Legalmente, estamos cubiertos. Pero, por nuestro propio interés, quiero oírte decir exactamente qué estás dispuesta a hacer. Sé específica.
Se me hunde el estómago y se me humedecen las manos mientras intento mantener la compostura. La voz me sale casi mecánica.
—Voy a... daros placer. Voy a dejar que hagáis cosas conmigo.
Theo alza una ceja, claramente sorprendido por tanta franqueza.
—¿Y? El contrato nos da derecho a controlar cada movimiento tuyo durante el próximo año.
—Qué te pones —añade Rath, mirando mi pecho. Todavía me acompaña el recuerdo del miedo que me provocó aquella noche, de su voz dura y de mi impotencia.
Theo asiente.
—Cuándo y qué comes.
—Cuándo duermes.
—Con quién follas —interviene Caio de pronto.
—Y cómo follas.
Me obligo a mantenerme firme.
—Puedo soportarlo.
Los tres intercambian miradas. Rath se levanta y viene hacia mí. Sigo cerca de la puerta. Apenas he avanzado por la sala.
—La última vez no lo soportaste, Sofia. Esperamos y nunca apareciste. Killer se quedó delante de tu habitación, pero estaba cerrada con llave. Después huiste y borraste cualquier rastro de tu existencia.
—Aquello fue distinto. No estaba preparada. Ahora sí.
La lengua de Rath recorre su labio y él alza una ceja.
—Entonces quítate el vestido. Quiero ver cuánto has cambiado.
Es una prueba. Una prueba para ver si obedezco. Pero también sé que no les gusta lo fácil. Quienquiera que le diera esa bofetada a Theo probablemente tenía más posibilidades de conseguir el puesto que una chica que lo acepta todo. Hay una línea muy fina entre saber lo que quieren y darles demasiado, y tengo que caminar justo por ella.
También tengo que controlar el miedo antes de que lo estropee todo.
—Quítate el vestido, Cerecita, o esto acaba antes de empezar —dice Theo, recostándose en el sofá. El cuero cruje. Mueve las caderas y noto el bulto en el pantalón. Un recuerdo antiguo e indeseado me cierra la garganta.
Me tiemblan los dedos al alcanzar el tirante. Me niego a mirar a Caio. Sé de sobra que no va a impedir nada. Se me revuelve el estómago y la náusea me sube por la garganta.
No merece la pena. No merece la pena.
—Cerecita, no tenemos todo el día. Hemos entrevistado a diez chicas y todas estaban dispuestas a hacer lo que yo pidiera —dice Rath, ya irritado por la demora—. No sé a qué juegas, pero ser Dama va en serio. Quizá deberías aprovechar esta oportunidad para correr. Al fin y al cabo, se te da muy bien.
Me trago el miedo, meto los dedos bajo los tirantes y deslizo el vestido por los hombros y luego por los brazos. La tela cae a mis pies. De pronto estoy ante ellos solo con las bragas y un sujetador de encaje azul claro. Los ojos de los tres siguen cada movimiento con desconfianza y deseo, y sé que, por mucho que me odien, todavía me desean.
Theo se inclina hacia delante, como si fuera a levantarse o tocarme. No hace ninguna de las dos cosas. Solo se pasa la lengua por el labio inferior.
—Ha cambiado —les comenta a los otros—. ¿Recordáis cómo era entonces?
Rath asiente sin dejar de mirarme.
—Ha cambiado mucho.
Me agacho deprisa, recojo el vestido y vuelvo a ponérmelo. En cuanto estoy cubierta, les lanzo a los tres una mirada ardiente de rabia.
—Si me dais el trabajo, quizá descubráis el resto.
Una sonrisa enorme ilumina la cara de Theo.
—Sigues siendo respondona. Quizá más que antes.
—Dime una cosa —dice Caio, con las pupilas dilatadas—. ¿Qué tienes exactamente que las otras chicas no tengan?
Ha llegado el momento de jugar la carta que llevo años guardando. Algo que antes parecía irrelevante, hasta que aquella noche me mostró el valor que los hombres como ellos le dan. El poder que puede encerrar.
—Fácil —respondo, acomodándome el vestido—. Sigo siendo virgen.